Sigue el
proceso. Quito fondo y sigo armando una intrincada trama visual con mis recuerdos
infantiles.
La totalidad de las imágenes que se reproducen en este blog corresponden a obras de mi autoría.
Se trata
ahora de eliminar todo el fondo blanco. Recién después da cubrir toda la superficie
del papel base voy a integrar, corregir y resaltar.
Vamos con
un Donald que emerge y se impone, un Mickey que se malhumora y
una Pantera Rosa buscada.
El Túnel del Tiempo, que me
gustó entonces casí sin entenderla y que me sigue gustando en todas sus versiones
y variaciones que hasta el día de hoy se siguen repitiendo.
Y Los
Invasores, con David Vincent vigilando el dedo meñique de la gente…
Un gato
para eliminar ese blanco molesto bajo el mango del paraguas/bastón y otro gato
para contener a Robin.
Sigo
en mi cruzada para eliminar todo vestigio
de fondo (y enredar hasta lo imposible el cúmulo de imágenes que me rondan en
la cabeza).
Sigo. Es un juego donde los recuerdos determinan
imágenes y como en un puzzle voy acomodándolas de modo placentero.
Otro ícono
estético femenino de mi infancia: Morticia Addams. A lo largo de los años incluí a Carolyn Jones en mucha de mis obras, siempre me ha resultado magnética
y poderosa su mirada, pero cuando niña ese rostro sereno y su constante calma eran
para mí la definición de belleza absoluta. Aunque, claro, yo me identificaba con el Tío Cosa (pequeño, indefinido, incomprensible).
Otra
constante diaria de mis almuerzos: El Correcaminos (beep-beep),
pero mi alter ego era obviamente el Coyote siempre perdedor, acorde
a esa convicción que me inculcaron desde el inicio que cualquier cosa
que yo intentara iba a fracasar. Marca Acme.
Y acá corresponde que señale la pronta desviación
que hubo en mi vida, entre los ocho o nueve años, cuando de las revistas de comics
pasé a los libros. Y desde ahí la literatura
copó mi imaginario. Mis héroes empezaron a ser los que emergían del papel y ya no los de la
pantalla. Convivieron, obviamente, pero
terminarían ganando los literarios.
Texto para Mickey,
con la grafía de las revistas de mi infancia. Y un gatito.
El logo de
lo que por estos lados se conoció como El Agente de C.I.P.O.L. (¡que
desproporcionada dibujé la cabeza del agente!
Habrá que solucionarlo).
Y Popeye el marino soy
poniendo un poco de orden en el inicio de la composición.
Avances de mi amague
autobiográfico infantil. Manos con ojos,
pero no una Mano de Fátima o Jamsa,
sino una mano occidental, una mano vigilante.
En mi caso, todo aquello que veo y me atrae visualmente tengo que
pasarlo por mis manos y registrarlo sobre papel.
Muy chiquita
esperaba con ansias el inicio de cada episodio de El Santo,
cuando Roger Moore ponía esa mirada cómplice, reconocía ser Simon
Templar y se formaba una aureola sobre su cabeza, la que de inmediato se convertía en el muñequito de palos que caminaba
iniciando los créditos del programa. No
creo que entendiera mucho de qué trataba la serie (debía tener menos de 5
años, porque recuerdo verla en “la casa vieja”, esa de la que me fui antes de cumplir
6 años), pero me desesperaba por ver su inicio. Ese rostro masculino, bello, amigable y travieso,
y el dibujito del monigote santo han quedado en mi cabeza desde entonces.
Y más de mi temprana educación feminista:
Hechizada, con una bruja empoderada y bien vestida que fue un ícono estético de
mis futuras decisiones.
Otra mano,
que te manda para allá…
Mickey
y Donald, pero con el estilo de dibujo del comic de la revista Patolandia
que consumía por esos años.
Y Droopy
anunciando su estado de ánimo (ciertamente, yo no lucía por entonces como una niña
feliz…).
Inicio el año dándome permiso de dibujar porque
sí. Sin motivo ni destino. Pero siempre hay un hilo que hilvana desde el
inconsciente. Evidentemente me he puesto
a reconstruir mi imaginario infantil, por lo que supongo que estoy elaborando
el inicio de mi biografía. Fui una niña solitaria por mandato familiar, que se crio
prácticamente encerrada con la única compañía de un televisor en blanco y negro. En esos tiempos no había muchos canales
(cuatro) y la oferta ciertamente no era actualizada. El tiempo real era para mi entonces con un delay
de una década o más. Todo era imagen sin
correlato actual, puede que por eso lo meramente visual marcara mis elecciones
de por vida.
Durante mis
primeros años cada almuerzo fue con Los Tres Chiflados. La lógica diría que me iba a convertir en un asesino
serial a la vista de la diaria sesión de malos tratos y violencia
gratuita. Pero lo cierto es que me daban
mucha ternura, y es inevitable que hoy cuando pienso en milanesas con papas
fritas (que ya no como) piense automáticamente en Moe, Larry y Curly.
Y después
(o antes, solían cambiar el orden porque los episodios no eran muchos y esto se
repetía en un loop infinito) estaba Mister Ed, caballo con voz
no hay dos, no hay dos, sólo Mister Ed tiene bella voz…
Adiciono
una de esas manos que me gustan tanto, con un tallo con tres ojos, porque se trata
de mirar mucho.
Y el
cartel de Kaos ante el que solía sentarse y despotricar mi adorado
Siegfried, el personaje que más amaba de esa antología maravillosa
que es Get Smart.
Entusiasmada
en este juego estrictamente personal adhiero tres hojas a la que usé al inicio,
para darme espacio en mi despliegue de recuerdos.
Otra mano con
una luna y estrellas, porque me gusta cierta simetría en las cosas.
Y trato de
reconstruir a esa pareja que me convenció desde muy temprano respecto de la absoluta igualdad entre los géneros,
porque nadie trató nunca a Emma Peel de frágil damita vulnerable.
Agrego detalles, porque me gustan y equilibran
la composición: el Ed en herraduras (un diseño sencillamente perfecto) y un poco
del bastón que define al caballero.
Sigo con mis favoritos de mis primeros 7/8 años: el Zorro…
Y el Batman
de Adam West (el mejor de todos, siempre), aunque tenga que trabajar mucho más ese dibujo, en especial a Robin que no logro el parecido. Pero estoy jugando y la dificultad es lo que lo
vuelve divertido el juego.